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Escuela De Letras

Sobre las rosas se puede poetizar,
tratándose de patatas hay que comer.
Johann W. Goethe

Descanse en paz


Por: Juan Carlos Suñén
23 May 2009 02:53:24
Blog
Decía San Ambrosio que quien pregunta con mala intención no merece conocer la verdad. Lo digo pensando en la disparatada polvareda que ha levantado recientemente la opinión de mi amigo Gamoneda sobre la figura de Mario Benedetti (descanse en paz) y sobre, y eso ha sido lo malo, su poesía.
Gamoneda respondió con honestidad y modales de buen norteño a una pregunta con trampa -¿por qué no le preguntaron por Antonio Pereira (descanse en paz) o por Javier Ortiz (descanse en paz)?- y recibió a cambio una pensada colección de insultos. No se me ocurre qué decir salvo que la buena educación se mide por nuestra manera de perderla.

Tampoco a mí me gusta la poesía de Benedetti. Leo en ella un discurso comprometido a su modo, medido con recta vara y rimado con esmero de buen letrista, pero sin más profundidad poética de la que la sentimentalidad sustituye, como siempre, con ese éxito sin triunfo que tanto envidian ahora los poetas más fasionables.

Hoy estaba en un bar, con Raquel, cerca de casa. Estábamos prácticamente nosotros solos, charlando tranquilos, hablando de lo guapa y divertida que está la sobrinita Martina (a la que acabábamos de ver con sus guapos y divertidos papás) cuando ha entrado un hombre feo y regordete y desaseado y se ha puesto a hablarse a sí mismo muy alto, demasiado alto. No decía nada coherente y entre sus incoherencias, de vez en cuando, rodaba un grueso insulto al cielo o al tercer mundo, o al aire...

- ¿Podría bajar un poco la voz?, estamos hablando... le digo haciendo un gesto de pizca con los dedos y rostro suplicante y sonriente.
- Por favor... Las cosas se piden por favor.

Me he levantado para encararme con él; pero Raquel me ha parado en seco, ha puesto cara de déjame a mí, ha dado un paso hacia el amotinado y le ha dicho:

- Usted no va a bajar la voz porque se lo pidan por favor, usted va a bajarla porque es un hombre bien educado. ¿Verdad?
- Hecho, señora.

Me han dado ganas de aplaudir, pero Raquel ha levantado la mano extendida a la altura de la cintura, con la palma hacia el suelo, y ha dado con ella un par de golpecitos al aire.
Una situación se puede llevar de muchas maneras, pienso. A lo mejor Gamoneda podía haber respondido a la pregunta sobre Benedetti diciendo algo como "descanse en paz", o "tendrá usted que comprar la segunda parte de mis memorias", o, también, podía haber mentido. Al fin y al cabo la franqueza es una virtud mientras no sea inútil. Volvemos a casa disfrutando del escaso frescor de la noche, que huele a lluvia.

- Balmes.
- ¿Qué?
- Que eso de la franqueza lo decía Balmes, me aclara Pangur.

Desde que ha dejado de leer a Ruiz Zafón se ha vuelto un gato muchísimo más tratable y definitivamente más culto. Ahora, por cierto, está leyendo la defensa de la Apología de Astarloa que escribiese cierto anónimo autor para responder a las críticas del cura de Montuenga, a la sazón furioso censor de la susodicha. Una obrita editada en Madrid por Cano, allá por 1804.

Iba a discutirle a Pangur lo de Balmes (porque por muy leído que se haya vuelto, sigue en la "A" de Astarloa, y de anónimo, y no ha tenido tiempo en unos pocos días de llegar la "B") cuando suena el teléfono. Antonio Ortega me informa de la muerte de Rafael Conte, un viejo amigo y un crítico literario que, si bien se amoldó finalmente a las leyes de la influencia, enseñó a leer a un par de generaciones de españoles cuando este país más lo necesitaba.
Hombre de afectividad ruidosa y enciclopédica, caprichosa y autoritaria, de los que no perdonan una buena comida casera, ni el whisky ni el puro, ni la boina: así lo recuerdo y así quiero recordarlo al tío Rafa, al gordito. Solía verme con él, antes de distanciarnos casi sin darnos cuenta (porque todos los caminos, al final, son de uso privado), cuando cantaba semanal tertulia en el restaurante Belarmino con la flor y nata y, auténtico Perurena de la reseña periodística, levantaba escritores como piedras y, también en Belarmino, cuando reuníamos el consejo de la revista El Crítico. Tenía sus cosas de hombre merecedor, y su alma en su almario de frustrado poeta, y daba tanto miedo como él mismo tenía, pero, afrancesado al fin (cuando leyó "Cien niños" me dijo: "muy bien Suñén, ya sólo te falta ser francés") nunca hubiese afeado a nadie sólo por dar su opinión. De hecho estoy seguro de una cosa: su muerte la van a lamentar, y casi por igual, sus amigos y sus enemigos. Y eso no lo consigue cualquiera. Descanse en paz.

(Casi no termino de escribir estas líneas cuando me llega la noticia de la muerte de José Miguel Ullán. Otro gran personaje perdido. Que alguien le pregunte a los adoradores de Benedetti lo que pensaban de su obra. No se puede tener todo, no es humano. Descanse en paz, también.)

Categoría : Diario | © Juan Carlos Suñén

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